Hace ya unos cuantos años, que este mes de agosto ha dejado de ser sinónimo de vacaciones para mi. Y cuando digo vacaciones, quiero decir precisamente eso, vacaciones entendidas como tiempo de asueto, de desconectar con tu vida diaria, para enchufarte unos cuantos días de solito, playita, tumbona y cervecita fresca. No es que esto sea así por imperativo legal por parte de los patrones, que también en parte, pero en cierto modo, me “satisface” pringar durante este mes, que en líneas generales, resulta un mes “cómodo” para trabajar (menos carga de trabajo, menos tráfico en los desplazamientos,…), a cambio de resarcirme de la inevitable envidia sufrida, en la temporada en la que todo el mundo ha despertado de ese sueño, en el que por unas días, emula el estilo de vida del mismísimo Pocholo.
Y pensando sobre este particular, me han venido a la cabeza bellos recuerdos en forma de imágenes del pasado. Un pasado en el que Agosto, si tenía el significado de las verdaderas vacaciones. De un pasado, que, cierto es, ahora veo como increíblemente lejano. Lejano y no solo en el aspecto temporal, sino también, en cuanto a la propia forma de entender las vacaciones.
Recuerdo perfectamente, incluso la locura resultante de los preparativos, en los días previos a las mismas. De pronto el salón de casa se convertía en un híbrido entre un Zara en época de rebajas y una tienda china del todo a cien. Con el fin de ir poniendo a mano todas aquellas cosas que era importante no olvidar, estas se amontaban sin orden aparente en el citado salón. Así, en este rastrillo improvisado, podías encontrar desde una hoya a presión en bastante buen estado, hasta unas gafas de buceo o una almohada de matrimonio. Supongo que cuando mi aita, a quien recuerdo siempre visiblemente emocionado cuando llegaba este momento, hacia mención al viaje de “la familia trap” (nunca he sabido a ciencia cierta que representa tan singular familia), o a vivir durante un mes como los gitanos, no es dificil de entender a que se refería.
Luego el viaje. Todos nos hemos tropezado en estas fechas con el típico mercedes (con nunca menos de veinte años) de matrícula francesa, que atraviesa la península con destino Tanger. Bien, pues salvando el color de la matrícula y el tono de la piel (y esto ultimo es valido solo en el viaje de ida), nosotros habríamos pasado perfectamente por uno de ellos. Aún puedo verme junto a mi hermana literalmente tirados encima de un número indefinido de objetos sin identificar que ocupaban gran parte de la parte trasera del coche. No podía ser de otra manera. Sino, que alguien se imagine, intentando trasladar una casa (irse de camping, los cuatro componentes de la familia, durante treinta días, era justamente eso) en el primer modelo de Ford Fiesta que hubo en el mercado… El coche portaba una baca sobre su techo, al menos, del mismo tamaño que el propio vehículo. Aquel viaje, ciertamente, era de todo, menos cómodo precisamente. No podía serlo. Atravesar mas de la mitad de la península en estas condiciones, con la temperatura propia de cualquier día en el mes de agosto, ocho horas de viaje con la precaria comodidad que, ya de por si, casi cualquier turismo podía ofrecer en aquel tiempo, y todo ello agravado por los condicionantes antes descritos, lo convertían en una toda una experiencia propia del viajero mas intrépido. Pero, a pesar de todo, jamás me resultó un viaje tortuoso. Mas bien al contrario. Disfrutaba enormemente observando como, al igual que en una obra de teatro, los paisajes, los distintos escenarios, cambiaban a toda velocidad, así como la iluminación que los acompañaba, desde el despunte del alba, hasta casi el anochecer. Supongo que hoy, acostumbrados a monovolúmenes espaciosos, con aire acondicionado regulable por zonas independientes y DVD integrado de serie, los viajes han debido de perder en gran medida este “encanto” del que hablo.
La parada mas importante a lo largo del trayecto era siempre en el mismo área de servicio, siempre a mitad de camino, en la provincia de Zaragoza. El menú en este día, no variaba a lo largo de los años. Espaguetis y pollo. Creo que nunca he vuelto a sentir la emoción de sentarme a una mesa como lo hacía en este día. Ni en los mejores restaurantes en los que haya podido comer después, a lo largo de mi vida.
(Continuará…..)

Realmente que seria de nuestra infancia sin estos viajes familiares?? Yo tb recuerdo que cada año el 15 de agosto cogiamos los bártulos y ale a la carretera! Siempre que llega esta epoca me coge el enñoñamiento de cuando era peque!! jajaja
Besos.
Por: Mar de Luna el Agosto 22, 2007
a las 6:25 am